Un relevamiento realizado por la UADE indica que el tatuaje dejó de ser una expresión asociada a lo contracultural para convertirse en una práctica ampliamente extendida en la sociedad argentina. El estudio señala que cada vez más personas incorporan la tinta como forma de identidad y expresión personal, reflejando un cambio cultural sostenido en el tiempo.
Lo que hace veinte años se asociaba a la rebeldía o a expresiones marginales hoy se transformó en un rasgo ampliamente extendido en la sociedad argentina. Un informe privado señala que seis de cada diez personas tienen al menos un tatuaje, lo que confirma que la práctica se volvió masiva. Sin embargo, esa aceptación social todavía encuentra resistencia en un espacio clave: el mundo del trabajo.
El estudio Radiografía del Tatuaje en Argentina, realizado por el Centro de Investigaciones Sociales de la UADE sobre más de 2.000 casos, muestra que el tatuaje dejó de ser una tendencia pasajera para integrarse a la vida cotidiana, sobre todo entre jóvenes y mujeres. Ellas presentan un promedio mayor de tatuajes que los hombres y, en muchos casos, no se limitan a un solo diseño, sino que convierten su cuerpo en un registro de vivencias y etapas personales. Además, el arrepentimiento es bajo y la motivación principal ya no es estética, sino simbólica y vinculada a la identidad.
A pesar de esta expansión, persisten prejuicios, especialmente en el ámbito laboral, señalado por tres de cada cuatro encuestados como el espacio más crítico. El relevamiento distingue entre sectores más abiertos, como marketing, tecnología, diseño y gastronomía, donde los tatuajes se asocian a la creatividad, y áreas más tradicionales, como derecho, salud y finanzas, donde aún existen tensiones respecto a la imagen profesional. De todos modos, la mirada hacia el futuro es positiva, ya que casi la mitad de los consultados cree que sentirá orgullo por sus tatuajes dentro de varias décadas, reafirmando la idea de la tinta como una marca identitaria duradera.






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