Un estudio de base genética aporta una explicación sobre por qué la manera de sobrellevar el cansancio no depende únicamente de dormir más horas, sino también de comprender cómo funciona la biología de cada persona.
Para muchas personas, el verdadero comienzo del año no se vive en enero, sino en marzo, cuando terminan las vacaciones y reaparecen las exigencias diarias. La compra de útiles, la coordinación de traslados, la vuelta al trabajo y el regreso pleno a la rutina suelen traer consigo una sensación de agotamiento que se instala en la vida cotidiana, incluso en quienes duermen la cantidad de horas recomendada.
Frente a esto, la ciencia plantea que el cansancio persistente y la dificultad para afrontar el estrés propio de los primeros días de actividad no siempre responden solo a hábitos o esfuerzo personal, sino que también pueden estar vinculados con la carga genética. En la actualidad, los estudios genéticos permiten analizar cientos de miles de variantes para detectar predisposiciones relacionadas con la fatiga neuromuscular y la inflamación después del esfuerzo, dos factores que influyen en la recuperación física y emocional tras jornadas intensas de trabajo, estudio o crianza.
Entre los aportes más importantes de estos análisis, se destaca que el agotamiento crónico y los problemas de concentración pueden estar asociados a una menor absorción de nutrientes esenciales, como el magnesio y las vitaminas B12, B6 y D, fundamentales para el funcionamiento energético de las células. A eso se suma que cada organismo responde de manera diferente a estimulantes como la cafeína, por lo que su consumo excesivo puede provocar ansiedad, insomnio o irritabilidad en algunas personas. En este contexto, los especialistas advierten que, más que recurrir a soluciones generales o fórmulas rápidas, conocer el propio perfil biológico puede ser una herramienta útil para tomar decisiones más precisas y mejorar la calidad de vida.






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